Carmen Fumero y Chien-Hao Chang, en 'Líquido infinito'

Tres cuerpos evaporándose

Madrid, 26 de septiembre de 2026

Aseguraba ayer la bailarina y coreógrafa canaria Carmen Fumero, durante un encuentro con el público, tras el estreno de su pieza Líquido infinito en los madrileños Teatros del Canal, que el punto de partida de la creación se ubicaba exactamente en medio. Entre la luz y la oscuridad, entre el bien y el mal, entre sostener y ser elevado…

Quizá por eso, a pesar de cierta placidez, hay una sensación de limbo y emergencia –acentuada por la estupenda música siempre en crescendo de Ivan Cebrián, colaborador habitual- que se hace evidente entre estos tres bailarines (ella misma, Miguel Zomas y el intérprete taiwanés Chien-Hao Chang) que se mantienen en la misma sintonía pero con poca interacción entre ellos. Sin perder la noción de grupo, cada uno se mueve en este terreno desde su propia personalidad dancística.

Se llama Líquido infinito pero más que agua predomina la sensación de desierto y aridez. La sal, elemento invasivo que va cobrando protagonismo a medida que la pieza avanza, contribuye a esta sensación. Va del orden al caos. Empieza como montículo y línea recta, y termina desperdigado en miles de granitos por todo el linóleo. No obstante, más que la solidez de una dramaturgia, todas estas referencias conceptuales, junto a esa iluminación amable, funcionan como un apoyo, una plataforma sobre la que se baila. Porque se trata de una pieza en la que la que el peso y la responsabilidad entera recae en los cuerpos, en el movimiento, en esa danza incesante ejecutada con control y rigor. De lo aquí se trata, en esencia, es del placer que procura verles bailar.

Son tres cuerpos distintos respondiendo a un estímulo consensuado. Carmen Fumero, bailarina de múltiples registros, aparece menos etérea que de costumbre, más enérgica, más física y terrenal. Alto y esbelto, el taiwanés Chien-Hao Chang es el cuerpo más líquido de los tres, el más maleable del trío. Pero sin proponérselo, un crecido Miguel Zomas monopoliza la atención con esa extraña ductilidad de su cuerpo, la precisión de cada gesto y el control absoluto de una cierta tensión, una especie de carga eléctrica que dosifica con verdadera inteligencia corporal. Explota sus habilidades de breaker –que es de donde viene- pero no es el vocabulario dominante. Se impone en gesto y expresividad, muy especialmente en sus largos soliloquios danzados incrustados a lo largo de la coreografía, siendo el primero, el que abre la pieza, el que se asegura que no dejaremos de estar pendientes de él durante toda la representación, en una interpretación superlativa y, literalmente, de gran vuelo.

Esta alineación de tres cuerpos honestos y francos, sin artificios ni necesidades narrativas que, ciertamente, parecen estar iniciando un proceso de evaporación, ya despojados de emociones y moviéndose en esa distante armonía de fría belleza es el principal hallazgo de Líquido infinito pero, al mismo tiempo, su hándicap, porque le cuesta mucho sostenerse en el tiempo desde esa premisa y, como discurso coreográfico, se agota mucho antes de que el espectáculo finalice.

La pieza, que se presenta en el marco del ciclo Canal baila, tendrá función adicional hoy por la tarde en la Sala Negra, de Teatros del Canal.