'The dogdays are over 2.0'

Jan Martens: El ritual del salto

Texto_JUDIT GALLART

Madrid, 03 de octubre de 2026

Irrumpiendo en la escena internacional hace más de diez años con un rigor matemático casi inclemente, el coreógrafo belga Jan Martens regresa a la escena con una versión, completamente remozada de su The dogdays are over que, a través de una nueva generación de bailarines, la variante 2.0 de la obra sería acogida anoche por el madrileño teatro de Contemporánea Condeduque.

Una célebre coreografía altamente conceptual que encuentra su fundamentación en la repetición extenuante de un único patrón motor: el salto. Un trabajo de altísima exigencia física que convierte el agotamiento en el auténtico espejo de la representación y que vuelve a interrogar al público sobre su propia posición como observador ante el esfuerzo ajeno.

Ocho intérpretes dispuestos en una precisa línea lateral en el centro de una escena desnuda comienzan a ejecutar pequeños saltos constantes. Sin más acompañamiento sonoro que el impacto de sus zapatillas chirriando contra el linóleo y el paulatino jadeo de su respiración agitada, la pieza articula un complejo juego de formas espaciales en el que una línea humana inicial gira sobre su propio eje sin perder ni por un instante su rectitud, fragmentándose de inmediato en ocho partes iguales que intercambian dinámicamente su posición. Hay en ese arranque un control absoluto de la física, permitiendo a los bailarines jugar con la fuerza con la que aterrizan en el suelo, haciéndolo retumbar bajo sus pies para elevarse de nuevo sin alterar el pulso métrico de la ejecución.

A medida que el tiempo avanza, los círculos formados por el elenco varían de tamaño para ir abriéndose, cerrándose o rodando cual corro hacia un lado y hacia el otro. Pero la estructura de esa geometría espacial impulsada por un pivotar incesante, comenzaría a tomar la forma de una coreografía plenamente orgánica y dinámica en la que cada articulación y cada parte del cuerpo terminan involucradas con el inicio de la segunda mitad del montaje.

La iluminación atenúa su firmeza y el sonido de una guitarra comienza a envolver la atmósfera incansable, dotando al conjunto de una densidad casi hipnótica a la que el elenco conseguiría abastecer de humanidad con el marcar de los pasos en voz alta y valiéndose de pequeños gestos, guiños y expresiones altamente simpáticos. Un refrescante toque de humor dentro de un engranaje puramente cartesiano que lograría aliviar la severidad del extenuante desempeño. Tras finalizar la función, el dispositivo trascendió la mera forma coreográfica cuando una de las bailarinas tomó el micrófono para leer un breve escrito en el que reflexionaba sobre su papel como intérpretes frente al convulso contexto global, manifestando una firme solidaridad con las personas cuyos territorios sufren actualmente ocupaciones.

Un cierre necesario que reafirma a Martens y a sus intérpretes no como meras máquinas de precisión, sino como cuerpos sintientes atravesados por las urgencias de su propio tiempo y que volverán a conquistar el teatro de Contemporánea Condeduque esta noche con su última función en la capital.