Madrid, 22 de octubre de 2026
Está la luna, la sangre, la pulsión sexual, la muerte y el ojo omnipresente de Lorca. Pero Manuel Liñán huye de los tópicos y de todo lo que se podría esperar para levantar su personal y emotivo homenaje al poeta granadino en Llámame Lorca, propuesta multidisciplinar que levantó en ovaciones a la platea de la Sala Roja de los Teatros del Canal, donde debutó anoche (con funciones hasta el próximo sábado). El montaje ocupó este verano con éxito el Festival Lorca y Granada, en los Jardines del Generalife granadino, contando entonces con la participación adicional de Falete, ausente en Madrid.
No hay aquí un personaje emulando a Lorca. Tampoco hay escenificación de su obra, salvo algunos poemas que se escuchan en la voz de un crecido Curro Alabaicin. A cambio, hay una puesta en escena que echa mano de la pintura, la poesía, el cante, la música y, sobre todo, el baile para crear un universo propio y original que hace referencia y envía guiños pero no imita ni representa el mundo (re)conocido del malogrado poeta y dramaturgo.
Manuel Liñán se ha rodeado de un eficaz equipo para, desde sus propios códigos escénicos –ya perfectamente reconocibles- articular un espectáculo de poderío y gran potencia visual, en constante alta tensión, que se inicia en riguroso blanco y negro y se va tiñendo progresivamente de rojo, en una calculada progresión cromática que es también característica de sus puestas en escena.

Bialaoras todoterreno
A diferencia de sus dos éxitos anteriores –Viva! y Muerta de amor– que contaba con un cuerpo de baile masculino, ha cambiado a uno femenino, ocho bailaoras todoterreno, muy comprometidas y certeras, que destacan como colectivo en el segmento de las cintas rojas que como rios de sangre emanan del mural, aunque al final se sienta que, como director, a Liñán le va mejor y se siente más cómodo conduciendo a su habitual equipo masculino. Aparte de los músicos, todos brillantes, incluida guitarra eléctrica de rock, ha vuelto a convocar a un selecto grupo de artistas invitados, destacando por encima de todos, un habitual suyo, José Maldonado, bailaor extraordinario, de múltiples registros y natural elegancia, aquí exhibiendo además sus habilidades de pintor, haciéndose responsable del significativo mural, bello y terrible, en que se va convirtiendo la pared originalmente blanca del inicio.
No faltan los momentos reseñables en este collage lorquiano multidisciplinar. La intervención muy acertada de Raquel Heredia La Repompa está hecha a imagen y semejanza de la de Mara Rey, en Muerta de amor, con las distancias que separan a ambas artistas. Maldonado, otra vez, en intenso dueto con Liñán aborda la homosexualidad y el amor prohibido de forma conmovedora, al tiempo que el mejor momento de Liñán es el más característico de su hacer flamenco, ese que desconoce división de géneros, y lo hace aparecer empoderado y exultante con su bata de cola blanca y su mantón rojo.
Aunque un poco excedida en la duración (algunos pasajes pierden fuerza al estar innecesariamente alargados), Llámame Lorca, como una procesión imaginativa, nos va llevando de forma progresiva hacia ese gran final, espectacular y trágico, quizá el momento más emotivo y contundente de toda la velada.




