Barcelona, 25 de octubre de 2026
Se presentaba este fin de semana en la Sala Fabià Puigsever de Barcelona, en el marco de la colaboración entre el Festival Temporada Alta y el Teatre Lliure, la obra Spiegelneuronen (2024), a partir de la idea original de Stefan Kaegi, director de la compañía Rimini Protokoll, y que la compañía de Sasha Waltz & Guests quiso acompañar. Dos directores, y bastantes colaboradores —científicos y expertos diversos en neurología, antropología, ciencias culturales, inteligencia artificial y psicología— y un complejo artefacto escénico en el cual también se incluye el movimiento. Bueno, más concretamente: una pieza que quiere que la palabra sirva de argumento al gesto. Conviene retener esa idea, porque de ello depende todo lo demás. Dicho así, parece un poco lioso, así que mejor vamos por partes.
El público ocupa su butaca, como de costumbre, pero no para ver el escenario, sino a ellos mismos reflejados en un espejo compuesto. Y que vibra mucho: detalle muy importante para el efecto visual que se pretende durante la obra. El teatro documental —que es la categoría a la que pertenece esta pieza— necesita también de la palabra. Mucha. En alemán e inglés, sobretitulada en catalán. Y así empieza esta experiencia: con bailarines de la compañía distribuidos por el patio de butacas.
Se requiere mucha concentración. Entre lo que se entiende, lo que se debe leer, los gestos que no sabes de dónde provienen y se reflejan, y el entusiasmo del público —de eso hay mucho—, se generan dificultades de atención que, por suerte, el disfrute colectivo consigue compensar. Sin embargo, hay muchos puntos de anclaje, textos de cierta complejidad y una decisión permanente que tomar mentalmente: ¿participo en el juego?
Cuentan que las neuronas espejo activan en un sujeto la acción que está contemplando. Es algo que la danza nos ha explicado en multitud de ocasiones y no estoy muy seguro de si esta nueva pieza ha venido a clarificar. Se juega mucho en ella. El momento de los globos fluorescentes o el de la platea en modo discoteca son realmente impactantes. Con esos espejos cuadrados temblando y devolviendo imágenes borrosas de la escena. Es una obra que se experimenta muy bien, eso es cierto.
Los bailarines mueven manos, brazos y torso. Hasta se levantan del asiento. De hecho, atraviesan el patio de butacas. Hay mucha intencionalidad significativa en cada pequeño fragmento de la obra. Pero los movimientos no se desarrollan en una coreografía. Falla justamente lo que sabe hacer Sasha Waltz: frases con estructura propia, que crezcan desde su lógica interna y no solo un reflejo del guión documental. El gesto queda relegado a apuntador de la palabra. Esta pieza es mucho más de Rimini Protokoll que de Sasha Waltz. Los intérpretes no generan tensión emocional; el público les sigue por simple mimetismo. Muchas frases muy bien labradas con danza como telón de fondo.
Algarabía y disfrute general: solo tres deserciones durante la primera sesión en Barcelona. El experimento funciona. Está bien ejecutado, pero no es una coreografía.




