'Los inescalables Alpes - Buscando a Currito', de La Chachi

Así se bailó en Escena Patrimonio

Madrid, 21 de septiembre de 2026

Como cada año emprendimos desde una nuestra revista susyQ y el festival Escena Patrimonio, el Taller Pensar la Danza, que busca estimular la crítica de danza y los procesos de mediación. El evento es un singular festival de danza en espacios monumentales de las quince ciudades patrimonio de la humanidad, que bajo dirección artística de Lorenzo Pappagallo, se inserta en el macro-evento cultural Las Noches del Patrimonio, una iniciativa del Grupo Ciudades Patrimonio de la Humanidad de España (GCPHE), que tuvo lugar la semana pasada.

En esta ocasión el Taller se descantaba por dos objetivos: la mediación, en la que los participantes obtenían herramientas en la conducción de un Encuentro con el Público al final de la representación y la crítica de danza, que les ofrecía la oportunidad de escribir una. En este sentido, se realizaron en varias ciudades exitosos coloquios tras la función, y a continuación, os ofrecemos el resultado de algunas de las críticas escritas por los participantes durante el taller.

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Un momento del espectáculo de La Chachi

TEXTO_MARIBEL LOZANO Foto_LUISA HEDO 

MÉRIDA. La Chachi – Los inescalables Alpes. Buscando a Currito

Otro año más el camino del Rocío. Y va toda la familia, la niña también. Aunque no quiera ir, aunque se sienta sola. Sola, con tanta gente alrededor. Quién la mira, quién la coge de la mano, quién la acompaña. ¿Dónde está mi padre? ¿Dónde está Currito? ¿y mi madre, mi hijo, mi hermana, mi primo? Ella se hace preguntas y busca, y el espectador se hace también sus propias interrogantes y sigue su propia búsqueda, pero acompañado por ella.

Porque no vas a ver a la Chachi para sentarte y esperar a ver un espectáculo bonito y ya está. Vas a verla para transitar, dejarte llevar, descubrir, buscar en lo profundo.  Porque los niños dicen la verdad, y puedes ver en ella a la niña que reza, que se enfada, que se ríe, que llora, que besa la tierra y que clama al cielo.

De rodillas, revolcándose en el suelo, llamando a la tierra con el ritmo de sus pies, con cada golpe. Desnudándose, como hacen los niños cuando quieren libertad, porque les sobra todo lo accesorio. Porque lo único que necesitan es sentirse mirados, cuidados, seguros.

Quien vaya a ver Los inescalables Alpes, buscando a Currito no sabe lo que puede pasar. Simplemente tiene que dejarse llevar y sentir. Así fue la semana pasada en el Templo de Diana, en Mérida, en el marco del Festival Escena Patrimonio, que forma parte del evento Las noches del Patrimonio. Porque no solo nos une la riqueza de la arquitectura o el valor de un paisaje, también la cultura y lo inmaterial, lo que no se ve, pero se siente. En cada ciudad patrimonial danzaron otros artistas y en Mérida, la Chachi, que venía de Málaga. Frente a un monumento romano supo recrear el camino al Rocío. Pero no solo eso. Toda una vida unida al flamenco no era suficiente para ella, necesitaba expresarse de otra forma, crear su propio lenguaje. Porque la niña crece y madura y se hace autónoma y libre. Y al flamenco le suma el teatro gestual, la nueva dramaturgia, la danza contemporánea, el krump.

Buscando a Currito tiene un camino de cinco años, desde que lo estrenara en Madrid, y ha ido creciendo con el tiempo, ha viajado a Francia, Italia, Portugal.  Y ahí sigue, emocionando, buceando en lo profundo. Aunque una pequeña parte del público se cansa y se va, porque el camino agota, el desnudo asusta, pero también es belleza, cuerpo, brazos y memoria, enlazada ya al Templo de Diana. La esperaremos con sus próximos proyectos, está investigando el esperpento, la exageración, lo cuenta al público en su diálogo tras el espectáculo. La esperaremos, la Chachi se hace querer y nos hace sentir y pensar.

Texto_SALUD GALÁN

MÉRIDA. La Chachi – Los inescalables Alpes. Buscando a Currito

21h… en Mérida, el sol se ha puesto por el oeste en el Templo de Diana. Entre el público concentrado para ver la danza performativa ofrecida por María del Mar Suárez Jurado –La Chachi- se empiezan a oír los primeros chisteos de quienes piden silencio, algo habitual en esta ciudad cuando va a comenzar una representación en el espacio público y abierto. En esta ocasión, desde el Festival Escena Patrimonio, enmarcado en  Las Noches del Patrimonio.

La cuestión es que la escena está en marcha desde hace cinco minutos, aunque al parecer, nada se haya movido; pero como intuíamos nada es lo que parece, y sin darnos cuenta hace ya tiempo que empezó a mutar algo dentro de nosotras, las espectadoras, atentas a este camino  que tanto nos resuena por lo inescalable, lo que no tiene escala, lo que no se puede alcanzar.

Empieza el cante, lo hondo, con la Lola Dolores, y la del Mar permanece estática de pie en un lateral del escenario, casi en penumbra, del que ya empieza a formar parte, no como elemento escénico artificial, sino como una más de sus columnas  milenarias, favorecida la alucinación por el color piedra de su traje torera.

Sin esfuerzo, se viaja a lomos del bucle sonoro, “todo empezó una mañana”, y acuna como una  nana, eaea, una y otra vez hasta Almonte, ese lugar de peregrinación al que durante los 60 minutos que dura este viaje se llega sin caer en la cuenta de que la columna ya se ha derrumbado, que ya está el suelo lleno de escombros.

“Está besando el suelo, mira, otra vez lo besa”; “Parece que… pero no… pero…”;“¿Y ahora qué,  qué va a hacer?; “¿Cuánto va a durar esto?”

No se sabe si lo que se escucha es la voz sigilosa de un chiquillo dirigida a su madre, o son voces ancestrales, retazos del pasado que el viento y la polvareda del camino traen hoy hasta  aquí. “A qué vine yo aquí, qué hago con esto”, quizá piense la madre.

La espera se hace inevitable; la escucha flotante, la mirada atenta a lo imperceptible. La  entrega a la emoción, sincera y dolorosa, conmuta con la desesperación de no entender qué  está ocurriendo, como la niña de la historia no entiende la atadura de una cultura que la inquieta, y que el final de la obra nos confiesa a escondidas, entre los muros del Templo, que no quería, que no sabía, que NO.

Y así, una vez más, el dolor de un Sí obligado, injusto, infame, nos pisa los talones y nos obliga  a arrodillarnos, a dejar de pedir cariño, amor, cuidados, a un sistema castrador que enarbola  en su bandera el porque lo digo yo, o porque siempre se ha hecho así. Y punto.

Sin embargo, las que soportamos, quienes permanecemos, nos enajenamos y encolerizamos con la caminante porque también somos ella, y corremos desposeídas ya de lo que no era nuestro, vislumbrando alcanzar esa cima proyectada a través de nuestra sima interior.

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‘La lunares’

Texto_NURIA LÓPEZ Foto_INÉS GÓMEZ

ALCALÁ DE HENARES. Compañía  Yoshua Cienfuegos – La lunares

La compañía Cienfuegos Danza reestrenó el pasado 12 de septiembre Emigradas-La lunares, en el Corral de Comedias de Alcalá de Henares, dentro de la IX edición del Festival Escena Patrimonio, enmarcado en Las Noches del Patrimonio. El creador escénico Yoshua Cienfuegos ha generado una propuesta que nos cuestiona formalmente sobre la frontera entre el teatro físico y la danza teatro. Nos presenta un monólogo de tal intensidad, que demanda una atención completa. En él, cada palabra, cada gesto y cada movimiento danzado o no, están cargados de una poderosísima emocionalidad que refuerza el recorrido vital del personaje La lunares.

Daniel Charton, el único intérprete, es un regalo escénico, por la calidad de sus movimientos y la naturalidad y madurez de todos los matices con que expresa el abundantísimo texto de la pieza.

Considero muy valiosa la exposición de la emocionalidad, del deseo y la libertad del personaje para permitirse experimentarlos plenamente. El recorrido creativo de Yoshua Cienfuegos le ha capacitado con una incomparable habilidad para plasmar una historia muy carnal, muy de piel, en la que el cuerpo está siempre sintiendo y transmitiendo, reivindicando el sentir hasta el extremo. Y todo ello interpretado con tanta verdad, que contagia la potencia de esos anhelos con autentico ardor. La lunares ha conseguido ser quien quería ser, y se siente a sí misma brutalmente, porque se ha permitido hacerlo así, gracias a su mucha determinación. ¡Felicidades!

Sin embargo, me apena decir que el personaje me chirría por trillado, no lo veo vigente. Se narra un marcharse por discriminación sexual y la manida transformación en el estereotipo de la folclórica. Un desarrollo de hace un siglo con una puesta en escena, eso sí, muy contemporánea. Pero sin apenas silencios, echo de menos unos minutos de calma verbal y el placer puramente contemplativo de la danza, del cuerpo y la música dibujando el espacio sin explicaciones.

Cienfuegos Danza es una compañía valenciana con un amplio reconocimiento por un recorrido de casi tres décadas dedicadas a la investigación y a la creación contemporánea, pero lo que vimos, fue un viaje intenso tejido entre cuerpo, texto y mucho ayer. Invito a seguir explorando aquello que nos conmueve a los humanos…

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‘Tactus’, de Melania Olcina

Texto_CARLOS PULPÓN Foto_JUAN CARLOS TOLEDO

SEGOVIA Melania Olcina – Tactus

En el pasado Festival Escena Patrimonio, Melania Olcina, Premio Nacional de Danza 2023 y curtida en contemporáneo con figuras como Antonio Ruz o Sharon Fridman, mostró su propia iniciativa Tactus junto a la arpista y cantante Sara Águeda. Olcina, que suele explorar estos dúos de músico y bailarina en su trabajo, se presentó ésta vez en la Plaza San Martín, de Segovia.

La pieza sucede en un linóleo presidido por un arpa, bajo la estatua de Juan Bravo, de espaldas y bandera en ristre. El centenar de espectadoras ocupa la escalinata y su muro esgrafiado. La rodean el restaurante Narizotas y monumentos segovianos.

Aparecen dos figuras con grandes capas negras de nylon o tafetán. Se abrazan y se dan un beso. Una de ellas, Sara, entra despacio a escena con un arpa pequeña. En el centro la eleva, como Juan Bravo, mientras la observa un camarero del Narizotas. La otra figura, Melania, entra. Tocándose el cuerpo se quita dos capas negras y queda un mono de encaje beige. Así empieza Tactus.

Esta danza es sosegada y sensorial. La exquisita coreógrafa reiterará con calidad unos pocos pasos: un cambré vertiginoso, giros sobre sí misma, extensiones de la pierna y detalles casi flamencos (a veces el vestuario recuerda a un mantón y una bata de cola).

Sin embargo, lo primordial es el sentido del tacto. Su cuerpo busca sentirlo todo: el aire, la piel, el vestuario. Los dedos tocan cuerdas de arpas invisibles; el cuerpo acaricia, palpa, agarra. Incluso tendrá a menudo las piernas cruzadas, buscando todo contacto piel con piel.

Tactus invita a despertar los sentidos mediante lo sensorial, lo pictórico y la preciosa música, y porque Melania Olcina es radical en la decisión de mantenerse en un estado de atención interna. En este caso, flaco favor le hace a una pieza tan frágil un emplazamiento tan peculiar, porque diluye su efecto. Además, la pieza se amplificaría con un abanico de formas de tocar más amplio y carnal; por ejemplo, tiene mucha fuerza cuando sacude la capa al final.

La función acabó dejando un regusto triste en el público, que la premió con un aplauso breve pero cálido.

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‘Jogler’, de Compañía Kor’sia

Texto_DELI SÁNCHEZ Foto_GABRIEL BLANCO

CÁCERES – Compañía Kor’sia – Jogler

El pasado 11 de septiembre, en el Foro de los Balbos de Cáceres, dentro del IX Festival Escena Patrimonio, enmarcado en Las Noches del Patrimonio, la compañía madrileña Kor’sia presentó JOGLER, estreno de una creación concebida para espacios no convencionales a partir de la versión de sala que estrenarán próximamente. El pase de las 21h situó la pieza en un lugar especialmente significativo: un espacio patrimonial que se convierte en parte activa de la experiencia escénica.

Kor’sia, dirigida por Mattia Russo y Antonio de Rosa, es una compañía consolidada del panorama contemporáneo que ha desarrollado un lenguaje en el que conviven danza, pensamiento visual y diálogo con otras disciplinas. En JOGLER, la dramaturgia de Agnès López-Río resulta fundamental para articular el universo conceptual de la pieza. El punto de partida es el juglar medieval, entendido no como una figura que se reproduce literalmente, sino como un cuerpo en tránsito: alguien que atraviesa épocas, lenguajes y comunidades, transmitiendo historias y tradiciones. Desde ahí, la obra propone reflexionar sobre la memoria colectiva, la transformación de las tradiciones y la necesidad de construir espacios compartidos.

Esta mirada dramatúrgica encuentra su correspondencia en el cuerpo de los intérpretes. Los seis artistas construyen una comunidad en movimiento: se escuchan, se anticipan y reaccionan constantemente, hasta generar la sensación de funcionar como un único organismo. La coordinación alcanza una enorme complejidad física, pero nunca parece un ejercicio de exhibición técnica. Lo verdaderamente interesante es la confianza que se establece entre los cuerpos y cómo esa confianza genera una energía que llega directamente al espectador.

La pieza también juega con la tensión entre individuo y colectivo. Cuando el grupo se fragmenta, cada intérprete adquiere una presencia más íntima. Después de haber contemplado la potencia de los seis cuerpos juntos, esas rupturas permiten percibir la fragilidad de cada individuo y, al mismo tiempo, comprender que la fuerza del conjunto nace de la escucha y de la relación.

La música de Alejandro da Rocha, el vestuario y el atrezzo acompañan esta transformación y dialogan con el espacio del Foro de los Balbos, reforzando esa idea de un espacio compartido entre pasado y presente.

JOGLER no necesita reconstruir al juglar para recuperar su esencia. Lo transforma en una figura contemporánea que habla de transmisión, comunidad y transformación. Y ahí reside su mayor interés: en mostrar que lo colectivo no significa perder la individualidad, sino encontrar, a través de los otros, una forma distinta de estar y de moverse juntos.

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‘Folp’, de Antonio Ruz

Texto_MARTINA PETERSEN Foto_JUAN CARLOS TOLEDO

TARRAGONA – Antonio Ruz – Flop

En la tarde del pasado 12 de septiembre, convocada por el IX Festival Escena Patrimonio, la Compañía del destacado coreógrafo cordobés Antonio Ruz presentó un fragmento de su pieza FLOP,
que apareció encarnada bajo los escultóricos cuerpos de David Vilariño y Gonzalo Alonso, quienes por momentos parecían ser parte de una escenografía que resultó ser el centro neurálgico de la ciudad romana (hoy Tarragona), erigida bajo el reinado del emperador Augusto.

Si en aquel entonces quienes asistían al Foro de la Colonia eran magistrados y la élite de la ciudad, esa tarde se brindó la posibilidad a vecinos de todas las edades, de asistir al rito del encuentro máximo que se establece entre la danza y la cultura patrimonial.

Sin más iluminación que la natural, con un vestuario de calle, entre magníficas columnas y un escenario al ras cual cuadrilátero, la danza de dos estos dos hombres abrió la escena cuando estaban fundidos en un abrazo. A partir de allí, prueban a tomarse de una manera y otra. Lo hacen una, dos, tres veces… murmuran entre ellos. Denotan complicidad. Entonces ¿por qué otra vez? Quizá es porque la pieza se emplaza bajo el lema del fracaso. Mientras transcurre, me pregunto dónde radica… ¿o es que el ojo vigía exige desconfiar en la propia percepción y creer en el parámetro forzado, externo, como una realidad establecida? Mientras la música de AIRE nos envuelve en un manto de derrumbe, los cuerpos continúan la incansable búsqueda de quedar erguidos. El cuerpo maquinal versus la persistencia del encuentro. Se establece la ironía y lo picaresco en la interpretación, mezclando gestos cotidianos con movimientos sensibles y modernos. Cuando el agotamiento aflora, también lo hace la voz.

El vibrato metálico de la música supone un desequilibrio para los cuerpos que ruedan por el suelo, pero verticalidad y horizontalidad son utilizadas como herramientas. Emerge visible el sello de Ruz y su inteligente propuesta despojada de grandilocuencias. Mientras alguien tienda su mano para estrecharla con otro y hacer pie, no existe el fracaso.