Barcelona, 11 de octubre de 2026
Hacía tiempo que en el Mercat de les Flors no se veía una apertura como la que se puede disfrutar hasta esta noche con Après moi, le déluge del colectivo (LA)HORDE. Fieles a su estilo de mixtura entre diferentes disciplinas —danza, vídeo en directo, artefacto escenográfico, caracterizaciones y música—, retratan un tiempo que está por acabar: el de los excesos y el n’importe quoi que caracteriza este siglo XXI.
En lo económico y sus lógicas explotadoras, como estos días estamos viendo con la vivienda; en los valores y su decadencia, con los lycées franceses ardiendo justo estas jornadas; y, en general, en las relaciones humanas, que están llegando algo más allá de la lógica anunciada de la sociedad líquida, para convertirse en vaporosa.
Esas y muchas otras cosas invitan a pensar en aproximadamente una hora y poco. Es un grupo de creadores desacomplejados, de crítica social en ristra, dispuestos a confrontar al espectador con temas espinosos, pero siempre desde la imaginación artística y un toque de fantasía. Y, encima, siempre dispuestos a la ruptura narrativa, que en este espectáculo queda enmarcada en la circularidad de lo que acontece en el escenario.
La pieza sufre un poco en la segunda sección, porque quiere representar el infierno en el que nos encontramos, mientras en el mundo de los vivos sucede esa gran fiesta de la desmemoria y la insolidaridad que nos hemos montado. Y claro, con semejante argumento, es difícil no ponerse grave. En exceso, da la impresión. Compensa siempre, de todos modos, ver a los intérpretes del Ballet National de Marseille —que desde el 2019 dirige el colectivo (LA)HORDE—, con esa precisión y exactitud con la que enfrentan todos los personajes, por estrafalarios que sean. Son excelentes en el pequeño detalle, en medio de un espacio limitado por aquel despliegue escenográfico tan especial que exhiben, acuático, en el que se recrea el auténtico fondo de las relaciones sociales actuales. Ahí se explica todo el argumento, aunque resulte complejo.
Pero también son bailarines con un gran fondo físico, como se demuestra en la coreografía central de la obra, en la que se desplazan por todo ese espacio seccionado, corren y se expanden; bailan con desenfreno y se coordinan de manera magistral. Es sin duda una de las partes más fascinantes, por el gran esfuerzo que sostienen, pero sobre todo por la implicación en un proyecto que seguro que no debió resultar fácil al principio de su invención, pero al que contribuyen participativamente, según se explica en el programa de mano.
Con el objetivo de no romper la sorpresa, haríamos bien en pedir a todo el mundo que no explique cómo se desarrollan las escenas o qué elementos aparecen. No están ahí por azar: son necesarios para lo que quieren explicar. Sin spoilers, por favor.
Los bailarines sonríen al inicio, se dejan querer por su público. Es el preludio del caos que representan y que se disfruta, con la condición de que te dejes llevar.




