María Pagés, anoche, en 'Bilbao Square'

María Pagés: Memoria emocional

Madrid, 26 de septiembre de 2026

Pocas figuras en el flamenco contemporáneo ostentan una jerarquía tan incuestionable como María Pagés, bailaora sevillana que, a lo largo de más de cuatro décadas, ha logrado construir un universo estético reconocible por su arquitectura gestual majestuosa y una inquietud intelectual incesante. Anoche, el Centro Danza Matadero que la propia Pagés dirige en Madrid, acogió el estreno absoluto de Bilbao Square, un solo autobiográfico en el que la creadora, arropada por la dramaturgia de El Arbi El Harti, evoca su llegada a la capital con tan solo quince años para trazar una cartografía de su memoria emocional.

El arranque de la propuesta es sencillamente conmovedor. Pagés se eleva desde el interior del patio de butacas para narrarnos el relato de aquella niña que, junto a su madre y su abuela, atravesó España en coche hasta instalarse en el madrileño número 4 de la Glorieta de Bilbao, un edificio con un balcón que se convertiría en su primer teatro.

Esta introducción daría paso al descenso parsimonioso de un mantón suspendido desde lo alto del escenario para terminar envolviendo el cuerpo de la bailaora y dar comienzo así a todo un ritual en el que la danza mantendría esa cualidad atávica capaz de atravesar de inmediato al espectador. Rodeada por una formación de músicos en directo, la escena cobra un pulso poético de altísimo calado con múltiples objetos que parecen aterrizar desde el cielo en un engranaje simbólico: batas de cola, abanicos y libros van tejiendo el legado sentimental de un camino hacia la madurez.

peque bilbo square
María Pagés

Humor y nostalgia

Hay en este trabajo momentos de una maestría arrolladora, pues resulta deslumbrante observar cómo la artista ondula una bata de cola bajo un foco cenital con una autoridad incontestable, proyectándola hacia los márgenes del escenario a su antojo. O el uso poético del bastón de su abuelo, convertido en una genuina tercera pierna que apuntala el ritmo del taconeo. Todo ello queda enriquecido por los textos de El Harti, altamente simpáticos y certeros al rememorar a sus primeras maestras con humor y nostalgia.

Sin embargo, entre esos instantes magnéticos, la pieza se despoja momentáneamente de la tensión narrativa, derivando en una suerte de recreación autorreferencial donde el discurso coreográfico parecería extraviarse en el lucimiento propio. Un pasaje dilatado donde la fascinación de la creadora por su propio mito eclipsó la progresión del espectáculo.

Por suerte, el montaje recupera el pulso en sus últimos veinte minutos para regalar un cierre a la altura del legado de Pagés. Si bien el paso irremediable del tiempo impone lógicas limitaciones físicas, la capacidad de la bailaora para emocionar a través del gesto desnudo no hace sino crecer. En un despliegue final absolutamente solemne, Pagés se encamina hacia la boca de metro de la estación de Bilbao, la misma que en su juventud supuso la puerta de entrada hacia un mundo por conquistar. Una imagen poderosa que confirma cómo la maestría de Pagés no reside ya en la exhibición técnica, sino en esa capacidad intacta de convertir la memoria en emoción pura y que lograría poner en pie entre vítores y aplausos a todos los presentes.