Madrid, 19 de septiembre de 2026
Hay un peligro inherente en la tentativa de trasladar la disciplina marcial a la escena contemporánea: que el artefacto técnico termine engullendo la poética del movimiento o que el espectáculo quede reducido a un mero ejercicio de destreza. Este es el reto que ha enfrentado en Eclipse la compañía Yibu en su reciente paso por la Sala Negra de los Teatros del Canal bajo el marco de la última edición del ciclo Canal Baila.
La agrupación alemana dirigida por Chun Zhang se adentró estas dos últimas tardes en ese terreno resbaladizo que toma como punto de partida el Krabi Krabong, ancestral disciplina tailandesa centrada en el uso del doble bastón. Un punto de arranque sugerente que busca explorar las fricciones entre el combate, la resistencia y la vulnerabilidad compartida profundizando en cuestiones como la identidad y el empoderamiento femenino.
La propuesta arranca desplegando una marcada geometría corpórea sobre un espacio diáfano en el que seis mujeres operan como auténticos molinos humanos articulando una atmósfera envolvente en constante crescendo. Hay en el diseño gestual un interesante juego de oposiciones donde los movimientos convulsivos violentan de pronto la imperturbable tecnicidad del arte marcial. Jugando con los silencios y administrando cuidadosamente una imponente tensión contenida, la pieza avanza construyendo un clima gravitatorio donde el sonido del bastón al chocar contra el suelo aspira a convertirse en el gran metrónomo del relato.
Sin embargo, trabajar con un elemento de tanta presencia física exige una precisión quirúrgica, pues bailar con bastones marcando el pulso contra las tablas no perdona un solo desajuste, ya que cualquier desfase acústico o temporal expone las costuras de la coreografía. En este sentido, la ejecución acusó varios momentos de descordinación que rompieron la hipnosis del trazado escénico, restando fluidez a la progresión dramática.
Pero donde Eclipse encuentra sus mejores hallazgos es en la dinámica colaborativa que articula su elenco. Resulta sugerente la forma en que las parejas se van cediendo el espacio para permitir a cada una desplegar alternativamente su danza, o el fuerte contraste plástico generado por un momento entre los gestos secos y afilados de una de las intérpretes -capaces de cortar de golpe la suave ondulación del resto del grupo- y la organicidad colectiva.
Hay imágenes de indudable belleza constructiva, como esas dos que cooperan para mantener sujeto un bastón desde cada extremo mientras elevan sus piernas dibujando espirales en el aire. Es en ese diálogo donde el objeto trasciende su naturaleza bélica, haciendo que el bastón deje de ser un arma para convertirse en el sostén que, por momentos, también necesita ser sostenido.
Hacia su tramo final, la pieza se adentra en matices más rituales, ofreciendo estampas como la de una bailarina tendida en el suelo y rodeada por las demás en lo que podría simular una suerte de conjuro tribal. Un trabajo de sugerente investigación física que evidencia el interés de Yibu por abrir nuevas grietas en el vocabulario contemporáneo, aunque a la pieza le quede aún camino por recorrer para afinar la precisión que exige su propio dispositivo.




