'El amor brujo'

A Manuel de Falla la austeridad le sienta bien

Jerez, 03 de octubre de 2026

Anoche, el Teatro Villamarta, de Jerez, quiso unirse a los fastos por el 150 aniversario del nacimiento de Manuel de Falla, estrenando una nueva e innovadora producción lírica de El amor brujo y La vida breve (con función adicional mañana), que vino con una fuerte carga coreográfica a cargo del creador y bailaor gaditano Eduardo Guerrero, dirección escénica de Carlos Roó y musical de Carlos Domíguez-Nieto, al frente de la Orquesta Bética, de Sevilla, con participación estelar de la soprano Maribel Ortega, en el rol protagonista del segundo título.

Viniendo del mismo autor, son dos piezas muy diferentes El amor brujo y La vida breve. Coinciden, eso sí, en presentar el amor como una obsesión poderosa e insana, que en la primera sobrepasa a la muerte y en la segunda la provoca. Pero se mueven por caminos muy distintos y en las antípodas, tanto en lo narrativo como en lo musical. Una es un drama sobrenatural que va de la oscuridad a la luz y la otra una ópera que narra un amor desgraciado de forma seca y sobre todo, desgarradora. Al menos así ha parecido entenderlo Carlos Roó desde una puesta en escena limpia y despojada, geométrica, esencial y contenida, que ha contado con la complicidad del coreógrafo y bailaor Eduardo Guerrero, muy especialmente en El amor brujo, donde la danza es el vehículo narrativo.

Aunque suelen presentarse juntas, lo destacable de este montaje es que ha sabido hermanarlas, sin violentar la naturaleza de ninguna, haciendo de la austeridad, la pulcritud y la sugerencia sus principales herramientas expresivas. Otorga protagonismo a la oscuridad, y aquí su cómplice ha sido David Bernués, responsable de esa iluminación atmosférica de claroscuros y sombras, noches siniestras y cielos plomizos, que encuentra sintonía cromática en esos trajes que se mueven entre grises y negros, con luminosos golpes blancos como el del opulento vestido de la novia engañada de la segunda pieza.

Por esa ruta van todas las inteligentes decisiones artísticas que terminan haciendo de las dos obras un montaje único, compacto y coherente pero también deslumbrante, sin necesidad de recurrir a trucos ni efectos. En El amor brujo los centelleantes fuegos fatuos son invisibles energías flamencas. En La vida breve decreta el luto antes de que la muerte llegue.

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‘La vida breve’

Espectro furioso

En general, el montaje huye de los lugares comunes, de los usos recurrentes y hasta de las expectativas que pudiera traer la audiencia, lo que no deja de ser un riesgo. Del todo ingenioso resulta el tratamiento del Espectro en El amor brujo, interpretado con verdadero acierto por el mismo Eduardo Guerrero. Su Espectro no es etéreo ni fantasmal. Tampoco aterrador. Es más bien terrenal, feroz… se muestra furioso. La denuncia es sutil y más que un fantasma sigue siendo el amante controlador y maltratador que seguramente fue en vida y que, ahora muerto, se levanta para proseguir en su acoso. Se expresa en un flamenco urgente y atronador, mientras que, en el lado de la vida y de los vivos, la joven Candela y su nuevo novio se mueven en otro registro, el de un lirismo cercano al ballet neoclásico. La apuesta decidida por la danza como elemento narrativo encaja bien en la propuesta.

Más conectada con los modos de la ópera, La vida breve, sin ser sobrenatural, se nos presenta tenebrosa. Las voces de un coro que no vemos, el deambular escénico de unos personajes enigmáticos, el hieratismo incómodo de una fiesta en la que se sabe que algo va mal, la irrupción de una danza que parece querer imponer a la fuerza la alegría que le falta a la boda y, sobre todo, la figura omnipresente y trágica de la perdedora, la engañada y humillada, interpretada con creíble pesadumbre por una soberbia Maribel Ortega, hacen que aquí la pieza trascienda el drama y se posicione como una tragedia clásica.

Claro que no ha sido una velada emotiva ni exaltada. Carece de la visceralidad de un Antonio Gades, es cierto, pero a cambio, por caminos insospechados para estos dos títulos plenamente conocidos, seduce e hipnotiza con la parsimonia de su transcurrir, su calculada elegancia, su alta valoración de la oscuridad, su obsesión casi fotográfica por la composición escénica y su fría y explícita belleza. Todo un hallazgo…