Madrid, 12 de octubre de 2026
El Teatro Real, de Madrid, recibirá esta semana a la Alvin Ailey American Dance Theater, de Nueva York, con dos programas que muestran las facetas actuales de la agrupación. El Programa A, los días 14, 16 y 17 de octubre, estará dedicado a sus obras emblemáticas (Revelations, Cry, Night Creature) y el Programa B, los días 15, 17 y 18, a las obras de nueva creación de la compañía. A propósito, hemos hablado con Alicia Graf, actual directora del histórico colectivo norteamericano.
Hay compañías cuya sola mención evoca un monumento vivo de la historia de la danza. La Alvin Ailey American Dance Theater pertenece a esa categoría excepcional: un espacio donde el movimiento no se limita a la exhibición técnica, sino que se convierte en un refugio de resiliencia, belleza y memoria comunitaria. Fundada en 1958 por un joven Alvin Ailey en plena era Jim Crow, la formación neoyorquina ha recorrido el mundo entero transformando vivencias de opresión y superación en un lenguaje genuino capaz de atravesar fronteras y realidades.
Será esta misma semana cuando la mítica agrupación estadounidense desembarque sobre el escenario del Teatro Real de Madrid con un ambicioso doble programa en su equipaje combinando la preservación de sus piedras angulares, con piezas de rabiosa actualidad firmadas por creadores contemporáneos de la talla de Jamar Roberts, Medhi Walerski, Lar Lubovitch o una obra de la añorada Judith Jamison, musa de Ailey fallecida en 2024, que tomaría su relevo para situarse al frente de la compañía durante más de 20 años. Con un reciente nombramiento fechado en 2025, es Alicia Graf quien asume ahora la dirección artística de la institución guiándola en su evolución sin perder de vista sus cimientos.
Comprender la magnitud de Alvin Ailey American Dance Theater exige remontarse a las raíces de una visión que sobrepasó los límites de lo estrictamente escénico. Con casi siete décadas de actividad a sus espaldas, la vitalidad de la organización confirma que el impulso original de su fundador sigue intacto y en constante expansión. «Creo que la genialidad de su legado reside en que su visión perdura», reflexiona Graf enfatizando que la misión del proyecto nunca se limitó a la pura técnica escénica. «Lo que imaginó para la humanidad, llevar la belleza al escenario, sigue muy vivo hoy en día e incluso se ha potenciado».
Y es que Ailey no solo articuló un elenco de proyección internacional, sino que levantó una sólida infraestructura pedagógica e institucional capaz de acoger a jóvenes talentos de entre 3 y 26 años a través de su escuela, además de abrir el movimiento a la comunidad sénior con clases como Ailey para el Envejecimiento Activo”. «Estamos comprometidos con la comunidad que nos rodea y el objetivo prioritario reside en conectar a las personas a través de la belleza de las artes escénicas».

Una voz singular
Esa vocación conectora nació del impulso valiente de un creador que no dudó en volcar su propia biografía sobre las tablas, abriendo grietas en un panorama cultural hostil y segregado. “Creo que su mayor contribución a la danza fue precisamente su valentía al compartir su voz tan singular en el escenario, dando permiso a otros para hacerlo».
Un hombre negro que, en un contexto opresivo marcado por el legado de la esclavitud, decidió compartir sus «recuerdos de sangre» tras crecer en el sur rural de Texas, vivencia fuertemente marcada por el racismo y la resistencia que acabó cristalizándose en un testimonio de resonancia compartida. «Esa valentía, su coraje para ser él mismo, para llevar la verdad al escenario, sin importar lo que suceda en el mundo todavía sigue inspirándome».
El tránsito de una compañía tras la muerte de su creador es a menudo un terreno peligroso donde se corre el riesgo de caer en la nostalgia desmedida o en la desintegración. En el caso de Ailey, la figura de Judith Jamison resultó determinante para articular un puente de continuidad e institucionalización, consolidando a la agrupación como una marca global erigida en pleno centro de la ciudad de Nueva York. A diferencia de otras grandes agrupaciones de la modernidad, Ailey concibió su proyecto desde el inicio como una compañía de repertorio abierta a múltiples miradas, algo que para su actual directora representa un elemento protector.
«No nos preocupa convertirnos en una reliquia porque siempre hemos estado a la vanguardia en la creación artística. Mantenemos la integridad de su obra, especialmente Revelations o piezas como Cry o Night creature en las que sigue sin haber nada que cambiar», afirma respecto a las obras integradas en el Programa A que será presentado en la capital española buscando avivar la llama de su legado.

Renovación constante
Para evitar la petrificación, el conjunto renueva constantemente sus vías de expresión encargando diversas obras nuevas cada año con el fin de mantener el equilibrio entre ofrecer algo novedoso y regalar al público los grandes éxitos que esperan en escena. «Aferrarnos al repertorio y representar las mismas obras una y otra vez no honraría el legado que Ailey estableció, tenemos que innovar a partir de su voz». Y es aquí donde entra el Programa B que, de manera alterna, será acogido por el Teatro Real incorporando piezas como Blink of an eye de Mehdi Walerski, A case of you, de Judith Jamison, o Many angels. de Lar Lubovitch.
Paralelamente, la representación de la cultura negra constituye la médula espinal del proyecto Ailey, aunque su vocación última haya sido siempre la de reflejar la riqueza plural del mundo. «Nuestra compañía fue fundada por un hombre afroamericano, y quiero honrar esa voz. Por eso en cada temporada doy prioridad a los creadores negros y busco que nuestros bailarines puedan seguir desarrollándose como bailarines negros». Sin embargo, ese sello afroamericano nunca ha significado exclusión, sino una seña de identidad capaz de coexistir de forma natural con el espíritu abierto de un fundador que concibió el escenario como un reflejo plural de la sociedad.
«La compañía siempre ha sido multicultural porque Ailey quería representar la belleza del mundo que nos rodea a través de intérpretes de orígenes muy diversos, pero que puedan emocionar. Yo busco obras que resulten viscerales, no abstractas ni intelectuales, sino que tengan algo que se pueda sentir», subraya Graf en su apuesta por trabajos donde la audiencia pueda reconocer formas de movimiento cercanas, propias de la calle o de una discoteca.
Esta solvencia escénica se cimenta en la rigurosa labor de su escuela, verdadero motor técnico del proyecto y en el que los jóvenes talentos se sumergen en el ballet clásico, el hip-hop, el claqué o las danzas tradicionales del África Occidental, custodios además de la célebre técnica Horton. «Los bailarines ven a la compañía como su Estrella Polar», indica Graf, convencida de que el aprendizaje pasa por aferrarse a la propia voz artística mientras se dominan múltiples herramientas. Y es que ese esfuerzo integral garantiza que, al mirar hacia el escenario del Teatro Real esta semana, el espectador no contemple el eco lejano de un mito, sino el latido enérgico de una institución en pleno rendimiento.
«Creo que Alvin Ailey reconocería la compañía de inmediato y se sentiría como en casa, pero también se sorprendería de lo lejos que ha llegado su legado en el mundo y de cómo hemos hecho de su escuela un hogar increíble». Un reencuentro con la excelencia que demuestra que la honestidad, la belleza y el coraje gestual con los que nació Ailey siguen siendo hoy su mejor carta de presentación.




