'Carmen' , de Gabriela Carrizo en Salzburgo esta semana

La ‘Carmen’ a lo Peeping Tom de Gabriela Carrizo sacude el festival de ópera de Salzburgo

Madrid, 15 de agosto de 2026

El pasado 26 de julio se estrenó en el marco del Festival de Salzburgo, en Austria, una versión de ‘Carmen’, de Bizet por la coreógrafa argentina Gabriela Carrizo, directora en Bélgica, junto a Franck Chartier, de la famosa compañía de danza Peepimg Tom. Ahonda la puesta en lo psicológico de los personajes y recurre a grandes momentos de danza, pero la supresión de los diálogos / recitativos han sido cuestionada por los más puristas de la ópera.

El celebérrimo Festival de Salzburgo, tan fiel a Mozart, ha sido un poco reacio a Bizet, y aunque Carmen es un título infalible, pocas veces se ha representado en este encuentro de verano, uno de los más importantes (y polémicos) del mundo de la ópera. Expectación había por esta nueva producción, que se estrenó el pasado 26 de julio y extenderá sus funciones hasta el 26 de agosto con las localidades completamente agotadas. Ingredientes polémicos tampoco faltaban, especialmente la concesión de la dirección escénica a la coreógrafa argentina Gabriela Carrizo, uno de los pilares de la compañía belga Peeping Tom, que se trajo al escenario austríaco a sus bailarines y artistas recurrentes, incluida en el papel de la madre de Don José –rol inexistente en el original- a Eurudike de Beul, cantante y actriz histórica y emblemática de Peeping Tom.

El éxito de su Carmen ha sido sonoro, con grandes ovaciones y reseñas muy favorables en los diarios más relevantes de Europa. El rotativo parisino Le Monde la calificó de “verdaderamente inédita” y en general, las críticas han destacado el uso de esa danza salvaje y brutal característica de Peeping Tom para ilustrar los retorcidos recovecos mentales de los personajes centrales, y esa mezcla de hiperrealismo y surrealismo que de manera natural han convivido en las obras del colectivo belga que la creadora lidera a cuatro manos junto al francés Franck Chartier.

Pero aquello es Salzburgo y siempre colisionan los entusiastas de las vanguardias y los detractores, que suelen ser puristas que no aceptan innovaciones ni desvíos de los convencionalismos. El hecho de haber eliminado los diálogos / recitativos y haberlos sustituido por música electrónica pregrabada, hizo saltar las alarmas de algunos espectadores y críticos puristas que, enardecidos, no tardaron en atacar a Carrizo con cierta vehemencia, especialmente en medios digitales especializados en ópera.

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La danza de Peeping Tom al servicio de la ópera de Bizet

Paisaje psicológico

No es difícil desentrañar lo que ha ocurrido. Carrizo es, ante todo, coreógrafa, y necesitaba un espacio más allá de las grandes voces (destacan aquí dos de los cantantes del momento: Asmik Grigorian debutando como Carmen y el chileno Jonathan Tetelman, en el Don José) para desarrollar lo que sería su aportación –visual, emocional, psicológica-, lo que le ha permitido sustituir la Andalucía de los clichés ideada por Merimée por un paisaje más bien extraño y ajeno, poco reconocible, en el que hay agua, metales y tierra.

Es la acostumbrada materialización del entorno psicológico por el que Peeping Tom ha tenido siempre gran debilidad. Para la coreógrafa, la historia ya está contada y parte del principio que los espectadores la conocen, así que elimina los diálogos y se decanta por una puesta en escena más coreográfica, llena de sugerencias y nuevos matices, innovaciones que una parte del público más ortodoxo de Salzburgo pareció no entender. “Me interesaba meterme en la cabeza de estos personajes, hacer un zoom in como en el cine para explorar esas mentes”, ha dicho la creadora radicada en Bélgica, que siempre ha tenido referentes visuales -cinematográficos y fotográficos- muy concretos para sus creaciones, destacando el cineasta David Lynch y el fotógrafo Gregory Crewdson.

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Davide Luciano en su escena estelar como Escamillo

Coreógrafos líricos

El mundo de la ópera empieza a ser poblado por coreógrafos, y los espectadores líricos han de ir acostumbrándose a ciertos códigos y maneras de la danza contemporánea, que usualmente huye de la narrativa convencional por mucho guión que haya de por medio. La tendencia es creciente. Carmen es ya la segunda ópera de Gabriela Carrizo, después de un igualmente memorable Dido & Eneas, ópera barroca que también ha sido abordada con estéticas muy distintas por la coreógrafa alemana Sasha Waltz, que la imaginó acuática, y la española Blanca Li, cuya compañía acaba de bailarla en el Festival de Granada.

Hace muy poco la Ópera de París acertó del todo al conceder la dirección escénica de Satyagraha, la gran ópera abstracta y minimalista de Philip Galss, al tándem Bobbi Jene Smith y Or Schraiber, dos coreógrafos que vienen de la Batsheva Dance Company, de Israel, por lo que son herederos del peculiar y expresivo lenguaje de Ohad Naharin que predominó durante toda la representación pues aquí los cantantes bailaban, y sin ir demasiado lejos, hay enorme expectación por el debut de Marcos Morau, director de La Veronal, que asumirá la puesta en escena de su primera ópera, nada menos, que La flauta mágica de Mozart, que se verá esta temporada entrante en el Liceu de Barcelona, y sucesivamente en el Real de Madrid y la Maestranza sevillana.

Así pues, los amigos de la lírica deberían ir entendiendo, aceptando y asumiendo que los coreógrafos están irrumpiendo en su mundo. Y no los invitan para copiar ni mantener un supuesto establishment de la lírica sino para reinventarlo -cuando no reventarlo- desde los muy maleables códigos de la danza.