El Festival Mapas, de Tenerife, ha apostado por el potente equipo sueco de la GöteborgsOperans Danskompani que dirige Katrin Hall, programándola en el Auditorio de Tenerife con dos sorprendentes programas. Uno doble, con coreografías de Hofesh Schechter y Sharon Eyal, y otro dedicado a Hammer, la insólita coreografía que les montó Alexander Ekman. Llovieron ovacionas cada noche.
La GöteborgsOperans Danskompani ha recalado en el Auditorio de Tenerife con una visita que ha supuesto su única parada en escenarios españoles a lo largo de esta temporada y que ha sido arropada por Mapas, proyecto con el que el auditorio insular busca la apertura a lenguajes internacionales determinantes en la escena contemporánea. Con una expectación que ya vaticinaba el éxito de la convocatoria, la reputada formación sueca dirigida con tino por Katin Hall no defraudó, demostrando por qué se sitúa a la cabeza de la danza contemporánea en Europa. Su solvencia técnica y versatilidad fueron las grandes aliadas de unas veladas redondas que, función tras función, consiguieron levantar de sus asientos de manera unánime a la totalidad del público en prolongados y entusiastas aplausos.
El doble programa presentado la noche del martes 14 de julio arrancó con Wild Poetry, una impactante creación de Hofesh Shechter que transformó el escenario en un fascinante patio de juegos narrativo. La pieza se articula como un relato colectivo trazado directamente a través del cuerpo, donde la historia es desgranada por pequeñas agrupaciones que se van esparciendo por la escena para luego volver a fundirse orgánicamente en un único conjunto.
Bajo un juego de luces continuo, dominado por sombras que danzan en la penumbra, Shechter propone al espectador un viaje repleto de sutiles contrastes en el que movimientos primitivos y de esencia marcadamente tribal, algo ya característico en el lenguaje de su compañía británica, se entrelazan de forma sorprendente con limpios y elegantes pasos de ballet.
Así, asistimos a un bellísimo choque entre movimientos suaves y gráciles adornados con generosos port de bras que bien podrían encajar en cualquier variación de El Lago de los Cisnes, y gestos raquíticos iniciados desde posturas encorvadas transformando a los intérpretes en un enigmático bestiario humano. La obra concluye de manera circular devolviendo la quietud a un grupo sentado que observa atentamente a un narrador, sellando la reconfortante sensación de haber presenciado una poderosa narración comunitaria en la que todos son parte de la historia.

El virtuosismo de Sharon Eyal
El cenit absoluto de la velada llegó indiscutiblemente de la mano de Ima, la sobrecogedora coreografía de Sharon Eyal que se erigió como la pieza cumbre de las representaciones y la que más logró cautivar. Desde su inicio, con una única figura retorciéndose bajo un estricto foco cenital ante la mirada atenta de una decena de cuerpos sin rostro que terminan absorbiendo a ese ente solitario tiñendo la escena por completo de rojo, la obra se revela como un monumento escultórico de una dificultad técnica verdaderamente destacable.
Eyal desafía la musculatura y la resistencia de la agrupación mediante una exigencia física implacable, destacando una quinta posición de pies en media punta que se mantiene inquebrantable a lo largo de toda la pieza. El momento cumbre de la obra, de un virtuosismo técnico sobrecogedor, se cristalizó en una estampa inolvidable al situar a una de las bailarinas con el torso completamente arqueado hacia atrás mientras sus brazos son extendidos por encima de su cabeza por otros miembros del grupo. Al mismo tiempo, su pierna derecha se eleva firme al frente en un ángulo de poco más de noventa grados, sujeta por el resto de los intérpretes en un constante equilibrio de fuerzas, mientras el único punto de apoyo que la conecta a la tierra es la milimétrica estabilidad de una impecable media punta. Una proeza técnica ejecutada con asombrosa serenidad que congelaría el aliento del auditorio.

El martillo de Alexander
Hammer, creación que el sueco Alexander Ekman creó para la compañía, ocuparía las dos primeras funciones ofertadas por la agrupación nórdica en Tenerife los días 11 y 12 de julio. Llegaba avalada por el éxito arrollador que supuso su presentación en el Teatre El Liceu, de Barcelona el año pasado. La pieza propone un audaz viaje en dos partes que explora la transición colectiva desde la armonía hasta el individualismo neurótico. En su primer tramo, asistimos a una fraternidad de cuerpos que, pese a la diversidad de sus formas y apariencias, se mueven al unísono como si de una treintena de calcomanías se tratase, hasta que un vestido colorido rompe la neutralidad en medio de bloques que vuelan y bailarines que escalan por el patio de butacas pidiendo histriónicamente ser fotografiados por los allí presentes.
La segunda parte da un giro radical hacia una sobriedad de tonos oscuros y gafas de sol antes de dar paso a una frívola representación de un night show donde la positividad inicial es aplastada por una agresiva necesidad de protagonismo en la que los intérpretes se aferran a endebles torres de bloques a las que se aferran desesperadamente en un ciclo eterno de derrumbes y reconstrucciones cada vez más caóticas.
En definitiva, la intensísima estancia de la GöteborgsOperans Danskompani en Tenerife reafirma la plasticidad y madurez de un conjunto excepcional, capaz de transitar desde la sátira conceptual de Ekman hasta la poética tribal de Shechter, tocando el cielo absoluto con el rigor técnico y la hipnótica belleza de Sharon Eyal. Un paso histórico que dejó al público en pie y con el deseo ferviente de que su regreso a los escenarios españoles no se haga esperar.




