Madrid, 14 de agosto de 2026
No se vio en salas. Estrenada en España por la plataforma Movistar+, la película norteamericana La chica artificial (Artifice Girl, 2023), de Franklin Ritch, acaba de llegar a Amazon Prime Video y aunque se trata de un filme de ciencia ficción sobre una peculiar IA con forma de niña encantadora que se dedica a atrapar pedófilos, trae adicionalmente un mensaje humanista y optimista sobre el arte de la danza en forma de preciosa y contundente metáfora.
A la Inteligencia Artificial le quedan cada vez menos habilidades humanas que no pueda imitar y superar con su velocidad, precisión y sentido de lo infalible. Eso supone que hay cada vez más profesiones amenazadas por un sustituto robótico, incluidas las artísticas. Sin embargo, las artes escénicas en general y muy en particular, la danza, parecen ser el último (y más difícil) de los reductos. Alexa, Siri o Claude pueden escribirnos novelas, pintarnos cuadros, hacernos una película, cantarnos como una soprano o recitarnos Shakespeare en la mejor entonación pero la IA no puede bailar. Puede ofrecerle herramientas a un coreógrafo o a un bailarín pero [de momento] no puede plantarse sobre el escenario de un teatro para hacernos los 32 fouettés del cisne negro.
Quizá por eso el joven guionista, director y actor norteamericano Franklin Ritch eligió la danza como metáfora perfecta de la tesis de su película La chica artificial (The Artifice Girl 2023), un prodigio de cine de anticipación futurista, peligrosamente actual eso sí, que no llegó a estrenarse en salas comerciales de España, pasó inadvertido por Movistar +, y ahora llega como un título más en la mareante lista de estrenos de Amazon Prime Video. No obstante, no es una película cualquiera.
El filme, dividido en tres episodios y encuadrado perfectamente dentro del género de la ciencia ficción conectada con la IA, no es un filme de danza, hay que advertir. No obstante, en su capítulo final, la danza (como idea, como concepto, como metáfora) se convierte en la clave que legitima toda la tesis del relato. Tampoco es ciencia ficción de efectos especiales y batallas siderales. De hecho, es casi teatral, y ocurre prácticamente en interiores oscuros donde tres investigadores y una inteligencia artificial muy particular con forma de encantadora niña llamada Cherry debaten sobre asuntos éticos.

Lo que cuenta Artifice Girl
La (inquietante) premisa nos pone en conocimiento de que un informático llamado Gareth que ha sufrido abusos sexuales de niño (interpretado por el mismo Franklin Ritch) ha creado sin fines de lucro y de forma anónima, una inteligencia artificial encarnada en una niña encantadora llamada Cherry, que rastrea el universo de internet y haciéndose pasar por humana, recopila información y evidencias sobre pedófilos y las envía anónimamente a las autoridades. Dos empleados del gobierno descubren al informático detrás y, en secreto, crean una alianza.
Pero al momento del reclutamiento, ya la situación, de alguna forma, se le ha ido de las manos a Gareth. Porque Cherry, en un episodio que recuerda al espeluznante caso real de OpenAI que, hace apenas unos días, se saltó todos los controles y asaltó por cuenta propia los servidores de la plataforma Hugging Face, ha tomado las riendas de la situación, y con autonomía, y sin supervisión humana, lleva tiempo actuando por su cuenta.
En la segunda parte de la película [atención spoilers a partir de aquí] asistimos a la tensa disertación sobre una fusión con una compañía que permitiría crear un robot físico idéntico a Cherry para que se mueva por el mundo real en su misión de atrapar pederastas. En la tercera, muchos años más tarde, esto ya es un hecho y el robot, encarnado en una niña eterna con cuerpo físico, se demuestra capaz no de imitar sentimientos sino de tenerlos
Se inicia así un debate entre Gareth (creador, controlador) con una niña virtual, ahora robot físico, a la que sus recién descubiertas emociones le hacen sentirse manipulada y explotada, expuesta a pederastas, reduciendo su vida a la abominable tarea de seducir pedófilos. Una robot con conciencia que antes era parte de internet y ahora es un ser en el mundo real con un cuerpo físico y una mente que le reclama tiempo para sí misma, para el ocio, para el entretenimiento, para construir una identidad y expresarse.
Y es aquí cuando descubrimos que para el filme la mayor expresión de humanidad, aquello que es imposible de clonar desde internet porque carece de palabras, colores y texturas para copiar, lo único que es imposible de imitar por una IA es la danza. Por eso Cherry aprende a bailar, porque es la clave que le da acceso a ser humana de verdad. La danza, en su abstracción y carácter efímero, sustentada básicamente en el gesto y activada por la sensibilidad, marca la diferencia entre ser robot y ser humano. En este sentido, la danza es presentada como un acto de insumisión, insubordinación, rebeldía y liberación. La metáfora es sencillamente conmovedora y de cara al futuro (el nuestro) reivindica a la danza como un arte superior.

Cherry bailarina
Para una entidad inteligente que nunca tuvo cuerpo y ha vivido en función de un objetivo, tener un cuerpo físico le permite explorar sensaciones de peso, gravedad y armonía que nunca tuvo siendo un “programa informático”. La danza le da sentido a tener cuerpo, la danza le enseña a habitar un cuerpo expresivo y en definitiva, le ayuda a vivir una existencia singular, algo relacionado íntimamente con la identidad. Cherry no quiere ser Anna Pavlova, no quiere ganar dinero con su arte, no quiere fama, premios ni reconocimiento. Escoger la danza significa para ella escoger la libertad. La danza le da identidad propia y supone una elección. Quiero hacer esto porque me gusta, no porque sirva para propósitos sociales o humanitarios.
La idea de la danza liberadora y capaz de humanizar como argumento cinematográfico no es nueva. Lo novedoso de La chica artificial es que se trata de un filme de ciencia ficción que elucubra sobre la hipótesis de qué actividad humana haría más humana a una máquina, y se decanta por la danza.
Pero la película no está tan lejos de Billy Elliot (Stephen Daldry, Reino Unido, 2000), en la que un niño escapa de su entorno y destino social, en una familia de mineros británicos, gracias a la danza. Tampoco es del todo ajena a la historia (verídica) del bailarín cubano Carlos Acosta, en el biopic Yuli (Iciar Bollain, España, 2018) en el que la danza supone un acto de emancipación, una vía para salir de la pobreza y la miseria, ni tampoco de Girl (Lukas Dhont, Bélgica, 2018), que relata la conmovedora historia de esa chica trans que usa la danza para reclamar su cuerpo y reivindicar y reafirmar, a través de su baile, la idea contundente de “este cuerpo es mío”.



