Eduardo Guerrero, en 'Códigos'

Eduardo Guerrero descifra sus códigos frente a una audiencia entusiasta

Madrid, 04 de septiembre de 2026

La Real Academia de la Lengua define la palabra código como el “conjunto de normas que regulan unitariamente una materia determinada”. Ofreció el creador gaditano Eduardo Guerrero anoche en el Teatro Fígaro madrileño (con funciones hasta el domingo), lo que es para él su código, durante el estreno español (antes visto en la Villete de París) de una nueva creación que lo define y delimita como artista singular armado de muchos códigos. Hay trasgresión en Códigos pero no con ánimo rupturista. Una trasgresión hecha de otras trasgresiones, muchas veces agolpadas en una misma frase coreográfica. El flamenco en su rigor y al mismo tiempo reconvertido en flexibilidad personalizada.

No hay en apariencia un tema, como si ocurría en su propuesta anterior, El manto y su ojo, pero tampoco es un recital flamenco de tablao para animar la noche, sino una calculada y meditada declaración de principios desplegada en una dramaturgia donde el artista demuestra que no es el ejecutor solícito de una disciplina tan exigente como el flamenco sino un artista de hoy que respeta una tradición y un legado desde su base, pero que articula un discurso híbrido que sorbe de muchas partes para poder erigirse a sí mismo como esa “materia determinada” de la que habla la acepción de la Academia de la Lengua.

Aborda indistintamente la dualidad flamenca, el masculino y el femenino, rompe costumbres arraigadas (se inicia bailando sentado en un banquito) e introduce los códigos de otros que hacen sólido y personal el suyo propio: la danza teatro, el contemporáneo, el butoh japonés, el gesto expresivo, la ruptura de la cuarta pared y tantas otras referencias…

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Guerrero bailando ‘Códigos’, en la Villete de París

Cualidad cromática

Y en este devenir, perfectamente delimitado por lo cromático –del negro elegante al blanco limpio y el rojo festivo- arrastra a su equipo, músicos extraordinarios todos, que aceptan desgranar y desentrañar sus propios códigos para enriquecer el espectáculo: la guitarra expresiva de Pino Losada, el cante cómplice de José del Calli y sobre todo, la voz privilegiada y lírica de Tatiana Delalvz que, como el bailaor, acuna en su cante distintas tradiciones que van del gesto urbano más actual al flamenco más delicado y más emocionado.

Códigos es pues, la declaración de principios de Eduardo Guerrero. En lo conceptual, una especie de confesión íntima sobre lo que hace, una disección de su vocabulario coreográfico, y en lo físico, una demostración de fortalezas: ese giro de infarto, esos silencios interrumpidos por un zapateo seco equivalente al golpe sobre la mesa del que quiere dar por zanjado un asunto, esos movimientos geométricos rotos por unas manos líquidas… pero es también gran entretenimiento de hora y media que pasa volando, en el que el artista no es mezquino con sus encantos, seduciendo por igual a sus músicos -con los que exhibe una gran complicidad-,  que al público que vino a verle.

Arranca Guerrero la temporada bailando en un teatro, el Fígaro, en pleno centro de Madrid, que no es espacio habitual de danza en la ciudad, aunque con todo el potencial (la función terminó con el público vitoreando de pie). No estaba del todo lleno pero los que estábamos, hicimos notar nuestro entusiasmo como el de un estadio lleno de hinchas. Hicimos uso, también, de nuestros códigos de audiencia.