Bailarina esencial en la construcción del universo escénico de La Veronal junto a Marcos Morau, Lorena Nogal da un paso decisivo en su trayectoria como creadora con La Protagonista, un sugerente solo que, tras su estreno en Centro Danza Matadero, ha formado parte del Festival Grec de Barcelona y regresará al Mercat de les Flors del 22 al 24 de enero de 2027.
Sola y vestida de negro en un espacio amplio, blanco y desnudo, habitado únicamente por un pequeño tótem cuyo verdadero significado se revelará más adelante, Lorena Nogal —la protagonista del título— se desplaza con una lentitud casi ceremonial entre espasmos y sonidos guturales. Es un lenguaje ininteligible del que apenas logramos reconocer algunas palabras, un monólogo fragmentado e inquietante que encontrará su clímax cuando, ahora sí con absoluta claridad, la artista grite compulsivamente su propio nombre en distintos tonos y registros, como una obstinada reafirmación de su existencia. Ya conocíamos el extraordinario dominio corporal y gestual de esta bailarina de precisión milimétrica; comprobar cómo ese lenguaje sostiene ahora también una voz creadora propia no deja de asombrar. Y apenas han transcurrido unos minutos.
Con todo su cuerpo va desmontando el pequeño tótem, que se despliega y reorganiza hasta convertirse en una instalación plástica de cuadrados y rectángulos blancos —algunos iluminados—, de apariencia simultáneamente contemporánea y ancestral. Ese dispositivo escénico se convierte en una de las claves de la propuesta, más cercana a la performance y a la instalación que a una coreografía al uso. La danza aparece, sí, pero medida, contenida, integrada en un lenguaje escénico mucho más amplio.
Diseñada por Mirko Zeni, el dispositivo escénico podría evocar lápidas, un conjunto escultórico minimalista o un Stonehenge ancestral. Esa inteligente ambigüedad proyecta la obra hacia un tiempo indefinido que parece abrazar al mismo tiempo el origen y el porvenir. Porque, aunque nunca lo verbalice de forma explícita, La Protagonista habla del transcurrir de una vida, del paso del tiempo y, en último término, de nuestra forma de transitar el mundo.
Con muy pocos elementos, la pieza construye universos visuales y sensoriales de enorme potencia. Resulta decisiva en ello la iluminación expresiva de Víctor Cuenca, que convierte el espacio en un auténtico elemento dramático. La obra podría representarse en una pequeña sala alternativa, pero el enorme vacío del escenario (como se vio en el Cantro Danza Matadero y el Mercat de les Flors) forma parte inseparable de su discurso, acentuando la vulnerabilidad de esa figura solitaria que lo atraviesa. La propuesta desconcierta ligeramente al comienzo pero, con una sutileza admirable, Nogal termina envolviendo al espectador hasta conducirlo al estado de concentración y fascinación que parece perseguir.

Un camino creativo propio
La expectación era lógica. Lorena Nogal había iniciado ya un camino creativo paralelo a La Veronal, la compañía de Marcos Morau con la que resulta inevitable asociarla. Picassa, aquel ingenioso unipersonal cubista concebido para museos y espacios no convencionales, era, ahora lo comprobamos, uno de sus primeros pasos hacia un recorrido mucho más ambicioso.
Juega claramente a su favor que, siendo la estética de La Veronal una de las más influyentes —y también de las más imitadas— de la danza contemporánea actual, La Protagonista encuentre una identidad propia. Existen, naturalmente, afinidades en el vocabulario corporal, y resultan plenamente legítimas, puesto que Nogal ha sido una de las principales artífices de ese lenguaje. Pero la obra no vive de esa herencia. Construye un universo propio, con sus propias reglas, y rehúye el camino más sencillo: el de convertir el solo en una exhibición de virtuosismo. La danza nunca desaparece, pero deja de ocupar el centro para dialogar de igual a igual con la imagen, la palabra, el silencio y, sobre todo, el espacio.
Porque esa es, quizá, la mayor virtud de La Protagonista: no busca deslumbrar con un despliegue de destreza ni ofrecer respuestas cerradas. Prefiere construir un territorio propio, regido por sus propias reglas, donde la imagen, el gesto, la palabra y el silencio terminan por fundirse en una experiencia de una belleza tan sobria como hipnótica.




