'Juga', de La Trócola Circ ayer en Sagunto

La Trócola Circ y El Cruce: Nuevo Circo homenajeando el viejo

Sagunto, 23 de agosto de 2026

Lo más sencillo y lo más emotivo parece ser el más difícil todavía de las compañías de circo valencianas La Trócola Circ y El Cruce, que coincidieron este fin de semana en la recta final del Festival Sagunt a Escena, que clausura esta noche en la ciudad portuaria. Ambas compañías son representativas del cada vez más vibrante escenario del nuevo circo valenciano.

No es que se parezcan, ni siquiera coinciden en estética y modos, pero los novísimos espectáculos de circo valenciano estrenados este último fin de semana en el Off Romà del Festival Sagunt a Escena coinciden en reafirmar postulados del circo de otro tiempo desde la modernidad. Juga, estreno mundial de La Trócola Circ, creado e interpretado por Andrea Pérez y Jon Sádaba, con dirección artística del veterano Lucas Escobedo, y Koosha, un unipersonal de Rubén Río para su compañía El cruce, tienen en común el uso del espacio público renunciando a la carpa y una mirada contemporánea un poco a contracorriente de los postulados más extremos del Nuevo Circo, especialmente esos en los que parece renegar de ideas y prácticas del pasado como el target infantil, que es el público específico al que se dirige Juga, o la tradición del circo ambulante, que es la base de Koosha.

peque juga la trócola circ por Provi Morillas
Andrea Pérez y Jon Sábada

El juego de Trócola

Saltar la comba, armar un cubo de Rubik, leer cuentos, hacer cohetes de papel, humanizar peluches, conducir trenecitos, completar un puzle, saltar la rayuela… los juegos de niños de otro tiempo aparecen reivindicados, engrandecidos y renovados en Juga, una propuesta inclusiva, en tanto que se niega a excluir a los niños, una postura –que tiene un poco de postureo hay que decir-, que obsesiona a ciertas corrientes del Nuevo Circo más actual y más sesudo, empeñado en sacar de la ecuación a los más pequeños, quizá con la esperanza de que se les mire como un arte serio y para adultos.

Pero Juga no es equivalente ni comparable al facilón ‘hola amiguitos’ de antaño. Salvando las distancias, los dineros y la capacidad de marketing y un poco para entendernos, La Trócola Circ es como Pixar y Juga como Toy Story. Todo se articula desde un armario mágico –ingeniosa escenografía de Tai Brotons- en cuyos cajones aguardan juegos y juguetes de otro tiempo ansiosos por salir al ruedo, aunque probablemente parezcan artefactos ajenos e inexplicables para esos niños de hoy perfectamente familiarizados con tablets y pantallas pero que quizá no sabrían qué hacer con una comba. La propuesta juega a enseñar a jugar y, tremendamente participativa, intenta involucrar a los más niños haciéndolos parte indisociable del espectáculo.

Era el estreno y todavía no están afinados algunos de sus mecanismos y quedan aún situaciones por perfeccionar y controlar, pero lo que garantiza su eficacia y permanencia a futuro, más allá de corregir una equivocación y un tropiezo, fue la reacción (positiva y proactiva) de los niños más pequeños que poblaron ayer tarde la Plaza de la Antigua Morería, que estaba a rebosar de chiquillos.

Andrea Pérez y Jon Sádaba, sus dos intérpretes acróbatas, además de dominio corporal en las destrezas físicas, tienen dotes importantes para lo que pretenden: carisma, gracia y conexión muy directa con los niños. Combinan bien sus capacidades para controlar la escena y recomponerla, todo a partir de prácticas propias del teatro de objetos, porque enorme es la cantidad de juguetes que mana de su mágico armario. Pero Juga es también un ejercicio de nostalgia para adultos con salpicaduras de añoranza y tristeza, que propone una reflexión sobre el abismo de apariencia insondable que media entre los que fuimos niños ayer y los que son chiquillos hoy.

Sádaba, que hace de porteador, el rol físico más pesado, anima también a los adultos a que salten a la escena para ayudarle y sentirse también partícipes de las proezas físicamente más exigentes de este espectáculo, en el que jugar, más que un juego, se impone como una emocionada lección de vida para adultos reconectados con su niñez.

peque Koosha compañía El Cruce por Provi Morillas
Rubén Río, en ‘Koosha’

El que vino del este

Ruben Río es Koosha, un personaje singular que parece haber escapado de una película de Emir Kusturica y en su fuga, casualmente, ha pasado por la Casa dels Berenguers de Sangunto, donde pudimos verle el pasado viernes por la noche. Viene del este, no cabe duda, y reivindica un circo en las antípodas del Circo del Sol. Un circo pobre, de carretera y sin alardes, que no vende glamur sino ingenio, con un hombrecillo, de entrada sin gracia, que parece querer sacarnos unos cuartos a cambio de un par de trucos (incluye un número de trilero, el más denostado de los juegos de azar).

Koosha levanta sospechas con su gesto de hombre-orquesta e inspira cierta desconfianza, pero a medida que transcurre su espectáculo va creciendo en ternura, ganando en humanidad y se va haciendo cada vez más entrañable.

Gritando por megafonía “espectáculo, espectáculo”, como si necesitara reafirmarse en la figura del artista, se mueve Koosha en un espacio mínimo repleto de cacharros de apariencia inútil pero desde la sencillez y la simplicidad sabe cómo convencernos de que cuatro latas son un caballo o hacernos ver una gallina donde no hay nada más que unos huevos. En él podemos identificar un zíngaro pícaro, un balcánico errante, un gitano deambulante…  parece difícil creer que en realidad estamos ante un artista asturiano anclado en Alicante. Y allí reside el mayor hallazgo de Koosha, en la interpretación y construcción de un personaje, a la manera del método Stanislavski, que hace creíble su propia historia.

Koosha es la remembranza de otro circo. No es una reivindicación sino una reinvención, una lectura, acaso un recordatorio. El de un hombrecillo que, con dos datos sobre Chaplin y unos trucos bajo la manga, se busca la vida con su arte rodando por carreteras. No es un invento de su autor, es la recreación de un personaje ya extinto en nuestra sociedad, incluso en nuestros pueblos. En este sentido, Rubén Río se nos desvela como un gigante escénico que, aparte de mantenerse dentro de las coordenadas de un papel tremendamente exigente para cualquier actor, sabe música, tocando instrumentos varios, tiene algo de mago y showman, mucho de clown triste y es, sorprendentemente, un malabarista de primer nivel como demuestra en su número de escoba y, de forma muy especial y lograda, en sus malabares con pelotitas. Empieza su espectáculo siendo desagradable y termina completamente entrañable. Impresionante.

peque Koosha compañía El Cruce por Provi Morillas
‘Koosha’